El iniciado debe cargar en sus hombros todas las amarguras de los demás, soportar la ignorancia, el fanatismo y la ingratitud de todos, llevar ese Cáliz a los labios, serenamente y beberlo como si fuese la más dulce y agradable de las bebidas. Al beberlo, la amargura se convierte en dulzura en la boca de los hombres y la verdad triunfa sobre las ilusiones de los sentidos.
Jorge Adoum, El aprendiz y sus misterios.